Hipótesis de una justicia transicional del medio ambiente

Publicado en Cuadernos para el Diálogo (Octubre 2007)

Cuando examino el coste ecológico de los últimos 20 años me pregunto: ¿habrá una rendición de cuentas alguna vez? Pero claro, sólo la sociedad que no fuimos y las generaciones futuras tienen derecho a la suma total de felicidad que habrían podido alcanzar dadas las circunstancias iniciales, ésas que habrían tenido consecuencia de no haberlas consumido la generación, quizá, menos legitimada de la historia por su ventajas técnicas y su disfrute de paz.
Porque de cara a lo que dejamos a las generaciones futuras no ha existido mayor régimen totalitarista en la experiencia colectiva humana que los últimos 20 años de destrucción. Sustituimos las minorías religiosas y étnicas por los invisibles descendientes de nuestra especie, sustituimos los Lager diseñados para el exterminio por los desiertos futuros y las cenizas, que perfectamente podemos prever, de un entorno cuya variedad y hechizo hacían, en nuestra tradición cultural, causa necesaria al mismo Dios.
Este tiempo ha declarado la guerra a todos los tiempos, una guerra en que el consumo más ciego ha invadido como el incendio el futuro, y donde la ausencia de consecuencia respecto de lo que sabemos —por nuestra experiencia histórica— ha roto cualquier pacto o deuda con el pasado.
Las generaciones futuras carecen de decisión ambiental; no les hemos dejado margen, su modelo hidrológico, energético y de ordenación territorial han sido en buena parte agotados. La ética no es sino el inventario más o menos exhaustivo de nuestros efectos en quienes nos rodean. ¿Existe en España una verdadera ética de lo colectivo en materia medioambiental? La respuesta me permito exigirla, porque la tiene a mano, en su propia experiencia cotidiana, cualquiera que lea esta reflexión. No hay que recurrir a la intuición para comprobar la recesión generalizada, radical, asombrosa del espacio natural en nuestro país y en un pequeño lapso de tiempo. Mi querido Gredos en mil novecientos setenta y tantos apenas acababa de ver publicado su primer mapa militar lleno de errores. Hoy —30 años después— la sierra desfallece ante la construcción, la falta de agua, el pretexto de nuevas infraestructuras inventadas, pretextuadas para justificar un gasto público millonario e innecesario.
Pero el proceso no se ha detenido, no mientras quede algo que vender, consumir, ocupar, transformar. No obstante, siendo la pérdida tan relevante y generalizada, ¿existe un inventario público, un arqueo de la “caja ambiental” existente que nos permita conocer la amplitud de la huella ecológica que se está causando? ¿Sabemos cuanto cedieron nuestros bosques el año pasado, marismas, humedales? La respuesta es que no.
La decisión pública en España, nuestras instituciones representativas no tienen magnitudes reales encima de las mesas de discusión. La sostenibilidad o insostenibilidad del modelo actual no es un tema de discusión pública, al menos donde se toman las decisiones por quienes nos representan más directamente. ¿Necesariamente hay que ser un radical para sostener esto? Esa es una pregunta necesariamente deformada a esta época de urgencias discretas, de hecho creo que no hay honestidad intelectual si no existe la posibilidad, al menos, del propio cuestionamiento, a ninguna otra radicalidad podemos referirnos.
Soy abogado y por tanto quizá algo esclavo de esa forma de la experiencia, pero sé que, cuando absolutamente todo está permitido, nada es posible.
La actitud generalizadamente predatoria que en términos de consumo objetivo, va más allá de sus propios márgenes temporales de esta humanidad, se configura como un supuesto nuevo de posible justicia transicional. Con este término me refiero a los procesos de juicios, reparaciones y ajustes de cuentas que tienen lugar en la transición de un régimen a otro. El estado de nuestra ciencia jurídica y la larga práctica en este tipo de posicionamientos colectivos ante el pasado hacen verosímil que nuestro tiempo sea también objeto de una justicia retrospectiva, y que esta confusa época se reconozca como un régimen medioambiental determinado. La metabolización del planeta por el ser humano no es un logro, ni es una forma asumible de progreso. La posibilidad de instalarnos en una ideología para la que nuestro ser en la Tierra excluye el equilibrio del que somos fruto y por supuesto herederos con el resto de la biosfera, y no entro en cuestiones de ecologismo profundo, es una opción llena de arbitrariedad y susceptible de adquirir percepción histórica. Es más, es un rasgo definidor de la presente humanidad. Nuestros valores, los títulos obtenidos durante esta época voraz, aquello que pretendemos durable más allá de las fronteras de nuestra mortalidad admitirán una revisión legítima y creo que desde términos no extravagantemente legales en el futuro. También la constitución de Atenas refiere la acusación de Mirón y cómo los trescientos jueces entendieron que probado el delito de sacrilegio debían exhumarse aquellos que habían sido culpables. La sociedad, cuando persiste en la legalidad, es una estructura en que las cuentas se acaban saldando y nuestra sociedad abona una legitimidad rupturista que acabará siendo aprovechada por una justicia serena o por el oportunismo del futuro.

José María Lancho
Publicado en Cuadernos para el Diálogo (Octubre 2007)